Luis Suárez: “Si Leo disfruta, disfrutamos todos” Featured

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Martes, 10 Mayo 2016 16:27
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Luis Suárez: “Si Leo disfruta, disfrutamos todos” Sportazo.com

Lo dice el Pistolero del tridente: "Es una relación totalmente sana, hay cero envidia, y cuanto más ganás, más querés seguir ganando", asegura en una charla profunda el hombre que triunfó en el fútbol por amor.

“¿Usted conoce a un tal Luis Suárez?”.

Las circunstancias no lo favorecen. Para nada lo favorecen. Proviene de un paisito lejano de 3 millones de habitantes, en tiempos de escape masivo a la desocupación y a la crisis económica. Sudaca. El sellito en la frente lo tiene. Y también tiene muchos nervios. Los lógicos para un chico de 16 años criado en una familia humilde del interior de su país que viene de subirse por primera vez a un avión. Lleva una camisa blanca con un par de manchas rojas, porque -acaba de comprobarlo hace unas horas-, viajar a 10.000 metros de altura le hace sangrar los oídos. Entre el susto y el aspecto no está para encarar al suegro y pedirle la mano de su hija. Y menos para sortear con éxito al riguroso empleado de migraciones del aeropuerto El Prat de Barcelona. “Vengo a ver a mi novia”, es su único argumento, y ni siquiera sabe la dirección de destino. No será la última vez que terminará encerrado en un cuarto pequeño de un aeropuerto, aunque en ese instante no lo sabe. Pasarán un par de horas hasta que el riguroso empleado de migraciones abra la valija, revuelva, encuentre el regalo de una tía, se detenga en la dirección y el teléfono que aparecen en la tarjeta, y llame.

-¿Usted conoce a un tal Luis Suárez? -pregunta el empleado.

-Sí, claro, es el novio de mi hija, viene a visitarla. Mi familia está desesperada buscándolo por el aeropuerto -le responden.

No se trata de una novela ni de una película de ciencia ficción. Esto ocurrió en diciembre de 2003, cuando Luis Alberto Suárez Díaz pisó territorio europeo por primera vez, ingresando por la puerta (Barcelona) que le tenía reservado un destino de gloria, con una obsesión que le oprimía la cabeza. No meter goles, ni triunfar en el fútbol, ni hacer contactos, sino apenas una meta tan simple y terrenal como ver a su amada Sofía, de la que había tenido que separarse a la fuerza.

Si alguna vez se rodara la película de Luis Suárez, este comienzo, con el primer plano del jovencito balbuceando una explicación, la camisa manchada de sangre y el escudito de Catalunya de fondo, pagaría 2 pesos en cualquier casa de apuestas.

-¿Te pusiste muy nervioso? -arranco preguntándole por teléfono a Suárez el lunes 14 de marzo al mediodía, según pautó Txemi Teres, el encargado de prensa del club, para romper el hielo…
-Sí, claro, era mi primer viaje, había sufrido mucho en el avión. No sabía que me iban a hacer tantas preguntas cuando llegara, y tampoco tenía la dirección, porque me iban a venir a buscar al aeropuerto. Me asusté, creí que iban a mandarme de vuelta a Uruguay, pero por suerte apareció ese regalo de una tía. Y menos mal que me llevaba bien con mi suegro, sino cuando el de migraciones lo llamó para preguntar si me conocía, quizás decía que no (risas).

Mi suegro. Ahí está delatado el final de la historia. Porque el padre de la novia pasó a suegro. Y luego a abuelo de Delfina y Benjamín. Y Luisito, de presunto polizón a ídolo culé. Una historia de amor fascinante, que ya la empezamos a contar, como preámbulo de la rica charla que mantuvimos con el 9 del Barça.

Buscando a Sofía
Luis Suárez nació en Salto, en el noroeste de Uruguay, frente a la ciudad entrerriana de Concordia, a 500 kilómetros de Montevideo. Si se considera un prodigio que un país de 3 millones de habitantes saque la cantidad y calidad de jugadores que saca, y gane la cantidad y calidad de títulos que gana, encontrar en el planeta otro caso de dos futbolistas de super elite nacidos en la misma ciudad del interior, el mismo año, separados solo por 21 días, es la prueba irrefutable del milagro uruguayo. Suárez nació el 24 de enero y Edinson Cavani el 14 de febrero. Los dos en Salto, y los dos en 1987, el mismo año de Messi, que cayó de Marte el 24 de junio, cinco meses exactos después que Suárez.

Hijo mediano de siete hermanos, tenía 6 años cuando la familia debió mudarse a Montevideo en busca de trabajo. En su ciudad jugaba descalzo a la pelota. “De ahí le quedó su forma de jugar, todo entreverado, esquivando piedras y yuyos”, lo describe Rafa Cotelo en el inicio del programa Por la Camiseta, en una excelente entrevista realizada en 2015, y que se puede encontrar en youtube (vale la pena, es una joyita). Luis lo escucha y se ríe. “Al tiempo ingresó en Nacional AUFI y luego en juveniles, y no le iba bien… pero era terco y seguía yendo -continúa la presentación Cotelo, ante un Suárez tentado-… Salía mucho y no rendía en el club, pero era terco y seguía saliendo”. Y Suárez no puede evitar la carcajada plena, desmintiendo un poco esa imagen que uno tiene de hombre hosco y parco.

No la tuvo nada fácil Luisito en la infancia. Con 11 años ya iba con su abuelo a cuidar autos para ganarse unas monedas. Otra que Trapito Barovero. “Mi madre no me dejaba, pero yo le decía que iba a lo de un amigo”, cuenta, y como buen delantero, vemos, ya aprendía a deshacerse de las marcas. Su madre realizaba tareas de limpiezas en la terminal de ómnibus de Tres Cruces. Un señor que trabajaba allí coleccionaba tarjetas telefónicas, entonces Luisito rastrillaba todas las cabinas, juntaba 10 y las cambiaba por unas monedas con las que iba al mercado a hacer compras y aportar para la casa.

Si la vida era complicada así, lo fue mucho más tras la separación de sus padres. Suárez ingresó a las formativas de Nacional y allí recibió el apodo que aún conserva. El verdadero apodo con que sus amigos y compañeros de esa época lo siguen llamando: Salta, apócope de salteño, el gentilicio con el que se conoce a los nacidos en Salto.

“Hasta los 12 años sabía que quería jugar al fútbol, pero después tuve una etapa en la que no me gustaba entrenar. Me enojaba mucho. Era muy rebelde y eso me jugaba en contra”, relata Suárez en el libro Vamos que vamos, de Ana Laura Lissardy. Suárez casi queda marginado en la Séptima de Nacional, pero entonces irrumpió Sofía Balbi, la muchachita de la película. La que le cambió la cabeza. La que lo ordenó y lo alejó de las malas juntas. La que lo ayudó a hacer las tareas del colegio. La que lo flechó de una vez y para siempre. “La conocí cuando yo tenía 15 y ella 12, pero enseguida cumplió 13, siempre me cubro diciendo que tenía 13 al menos”, se ríe Suárez con Cotelo, como si 13 fuera una edad que lo eximiera del pecado. Los Balbi vivían en Solymar, a 21 kilómetros del centro de Montevideo. Luisito mangueaba al que tenía a mano para pagar el boleto del colectivo. Y más de una vez tuvo que hacer esos 21 km caminando, como si entrenara para la media maratón. “Era desesperación por estar con la gurisa”, me ayuda a entender el colega Eduardo Rivas, de Montecarlo Televisión, con uruguayismo de manual.

En las inferiores de Nacional estaba tapado por otros dos artilleros, también categoría 87. Nuestro conocido Martín Cauteruccio y Bruno Fornaroli, quien también tuvo un breve paso por San Lorenzo y hoy se destaca en el Melbourne City, de Australia. Curioso, porque en 2010, en nota con El Gráfico en Amsterdam, Suárez contó que desde pibe tira por San Lorenzo en Argentina.

En 2003, Gustavo Balbi, el padre de Sofía, se quedó sin trabajo en el Banco Montevideo. El Salta tenía 16 años y pisaba la Tercera de Nacional: “Fue muy triste el momento en que me contó que se iban. Por mi situación económica era imposible volver a verla. Nos pasamos toda la noche llorando juntos. Sofía me dejó un cuaderno con canciones románticas, de Enrique Iglesias y Alejandro Lerner. El día que se fue, tenía un partido Sub 16 contra Defensor. Lo recuerdo clarito: llegué a casa, agarré el cuaderno, me tiré en la cama y no podía leer tres palabras sin llorar. Mi hermano grande me obligó a ir. Me levanté, compramos un kilo de mandarinas, y las fuimos pelando y tirando la cáscara en el camino a Parque Central”. Una postal perfecta de la desolación. Otro comienzo posible de la película.

Abreu, que tendrá mucho de Loco pero poco de boludo, lo apadrinó de entrada. Hoy, Suárez es el padrino de uno de los hijos de Abreu. Luis debutó en la Primera del Bolso con 18 años, pero no tenía otra meta que irse a Europa a como diera lugar. “Si quería ver a mi novia, tenía que triunfar en el fútbol”, repetía una y otra vez. Y ante la primera oferta más o menos formal que recibió el club, se tiró de palomita, como Poy. Fue apenas un año después de su debut, en 2006. Lo compraba el Groningen, un modesto club holandés. ¡Qué le importaba! Si Groninga quedaba a unos cuantos miles de kilómetros menos de Barcelona que de Montevideo. Nacional andaba mal de finanzas y no dudó en venderlo en cerca de un millón de dólares. Suárez ya compensaría con creces su urgencia por irse a Europa: Nacional cobraría luego otros 7 millones por el mecanismo de solidaridad en los traspasos al Ajax, Liverpool y Barcelona.

En Groningen no arrancó bien. Jugaba en la Reserva, estaba fuera de peso. Hasta que decidió subir la apuesta: viajó a Barcelona a pedirle a sus futuros suegros que dejaran ir a vivir a su hija a Holanda. Hubo aceptación, el Pistolero hizo el clic y desde entonces no paró de acribillar arqueros sin piedad.

-¿Cómo te pagaste ese primer viaje a Barcelona a los 16 años si no tenías un peso? -le pregunto a Suárez, que viene de ser suplente ante el Getafe y en dos días asombrará al mundo con su tijeretazo ante Arsenal por Champions.
-Cuando a los dos meses de irse, Sofía me dijo que así no aguantaba, hice todo para viajar. Hablé con Daniel Fonseca, que entonces era mi representante, y le pedí por favor que me sacara el pasaje. Después, mi hermano grande me dio 70 dólares, que cambié por 50 euros, y con eso en el bolsillo, arranqué.

-¿En ese primer viaje fuiste a conocer el Camp Nou?
-Estuve con mi novia, paseamos por los lugares turísticos típicos y al Camp Nou lo vi de afuera, no tenía la posibilidad de entrar, tampoco dinero para hacer la visita turística.

-¿Y desde esa primera vez te propusiste jugar en el Barça?
-No, lo único que me metí en la cabeza en ese momento fue llegar a Europa para poder ver otra vez a Sofía. Hasta se me cruzó por la cabeza ir a trabajar de cualquier cosa para estar con ella. De mozo, de lo que fuera, incluso dejando el fútbol. Todavía no había debutado en la Primera de Nacional, me estaba yendo bien, mi ilusión era triunfar en el fútbol, pero no era fácil, y yo quería estar con Sofía. Después, cuando empecé a meter goles, vi todo más cercano y comprendí que podía llegar por el fútbol.

-¿Es cierto que cuando podías, te hacías una escapada a ver al Barça?
-Es verdad. Cada vez que coincidía un día de descanso en el Ajax y había partido del Barcelona, aprovechábamos para visitar a la familia de Sofía. Nos gustaba la ciudad, hay muchos restaurantes uruguayos que nos hacían sentir bien. Y de paso conseguía entradas para ver al equipo. Disfrutaba con ese Barcelona.

-¿A quién le pedías entradas?
-A Gabri, que era compañero mío en el Ajax y había jugado muchos años en el Barcelona, o a mi representante.

El representante, aclaramos, ya no era Daniel Fonseca. El representante era (es) Pere Guardiola. Sí, el hermano de Pep. Precisamente, muchos creen que la llegada de Suárez al Barça se demoró por el prurito de Pep de no contratar a un jugador representado por su hermano. Porque le encantaba. De hecho probó con distintos 9 de área a los que luego descartó. Pero el destino de Suárez estaba marcado.

Las estrellas en el cielo
“Al principio no podía creer estar jugando en este club y con estos compañeros. Terminé tomándolo como un premio que me gané por tanto esfuerzo. Es el cuadro al que siempre soñé llegar”, asegura Suárez, y uno podría sospechar de cierta demagogia barata pero Lucho resiste el archivo. “Yo soñaba… y sueño todavía con jugar en el Barcelona”, afirmó en 2008, en el programa Tuya y Mía, en una entrevista en el Centenario.

Le llevó unos años. De Groningen pasó al Ajax, donde fue capitán con 23 años, y en una temporada, la 2009/10, metió más goles que Messi (49 en 48). De allí, por 26,5 millones de euros saltó a Inglaterra, donde se ganó la idolatría absoluta del público del Liverpool y el odio del resto de Inglaterra. Y donde obtuvo la Bota de Oro por ser el máximo artillero de una liga europea, premio compartido con Cristiano (ahora andan en lo mismo). Tras el Mundial de Brasil, y a pesar de las llamadas de Carlo Ancelotti para sumarlo al Real Madrid, el Barcelona ganó la pulseada y pagó 81 millones de euros por sus servicios.

 

Read 293 times Last modified on Jueves, 13 Julio 2017 02:44
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