El cielito lindo se abrió sobre Moscú, espléndido, al ritmo de las canciones y el color que trajeron los mexicanos.

La campeona cae después de una demostración hasta la extenuación de México, en un Moscú tomado por su pasión y sus colores

La atmósfera les pertenecía de tal modo que sus futbolistas no podían permanecer ajenos. Entraron en el partido contra la campeona al estilo Jalisco hasta la precipitación y la extenuación, pero también hasta el gol. El triunfo de México sobre Alemania es una prueba de las variables emocionales que entran en juego en este torneo, mucho mayores que las de un fútbol poderoso y mercantilizado, pero en el que las identidades se diluyen. Es el sentimiento de pertenencia, son el alma, corazón y vida que canta México y con los que ha puesto su picante a fuego al Mundial.

Los hinchas alemanes se fotografiaban y filmaban las canciones de los mariachis a las puertas del Luzhniki como algo exótico. Había cordialidad, pero también algo de suficiencia occidental. Los europeos no aprendemos. La ‘Mannschaft‘ empezó del mismo modo, sostenida por el diapasón de Kroos, a la espera de que el orden impusiera la lógica. Pero el orden no es nada frente a la pasión, inyectada en el iris ensangrentado de los jugadores mexicanos, que invocaron primero a dios, arrodillados, y después al diablo. Cada balón robado era un vendaval, en especial cuando la progresión de la contra superaba la baliza de Kroos. Si el gol no llegó antes fue por la precipitación de los delanteros, consecuencia de la emoción.

El joven Lozano, en la izquierda, afrontó cada disputa con Kimmich con un descaro impropio, Vela se desplegó y Chicharito dio la referencia por el centro. Neuer respondió inicialmente, pero poco pudo hacer ante el remate del propio Lozano, ajustado, después de una contra de academia, en la que Kimmich perdió un balón y Chicharito tocó en la transición para el propio Lozano, que se liberó de un rival en el área antes de llegar a la red. El Luzhniki estalló.

Decisiones conservadoras

El gol no podía ser ya una sorpresa para Löw y sus jugadores, cada vez más incómodos con un México que no esperaban. La Tri, como se conoce a la selección azteca por los tres colores de su bandera, es una asidua del Mundial, donde ha presentado siempre equipos bien estructurados y solventes técnicamente, pero con poca mordiente. Con Osorio eso ha cambiado. Puede conservar el balón con el oficio de Guardado, un ejemplo de la transición de la banda al mediocentro, pero en cuanto tiene la ocasión, corre, es directo. Hacerlo hacia atrás para Kroos o Hummels fue como pasar por el potro de tortura.

Osorio relevó a delanteros como Vela o Lozano, héroe del partido, cuando todavía restaba mucho partido, e incluyó a Márquez, que disputa su quinto Mundial prácticamente en la cuarentena. Decisiones conservadoras que podían estar justificadas en el desgaste llevado a cabo, pero también en el conocimiento de lo que se le venía encima.

Alemania incrementó su intensidad, ya que hasta entonces apenas había amenazado con los movimientos de Timo Werner, un hallazgo de Löw para su área, y una falta de Kroos repelida por Ochoa y el larguero. El portero mexicano es un jugador de dos caras. En Moscú, mostró la buena. El seleccionador alemán acabó por recurrir a su recurso más primitivo, Mario Gómez, aunque supusiera dejar expuesta a las contras a su defensa, con tres hombres y sólo dos centrales en el desenlace. Fue inútil. México no era el mismo del principio. En lugar correr con la pelota, lo hacía sin ella, pero con el mismo corazón y bajo el mismo cielo. Canta y no llores, despidieron los suyos a toda una campeona.

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